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Colombia enfrenta el reto de convertir la inclusión financiera en uso cotidiano

La inclusión financiera en Colombia alcanzó una cobertura del 96,5 % entre la población adulta, equivalente a unos 37,9 millones de personas con al menos un producto de depósito. Sin embargo, el acceso no garantiza que esos servicios formen parte de la vida cotidiana de sus titulares. El porcentaje de adultos con productos activos es de 85,5 %, una diferencia que pone el foco en el uso y no solamente en la apertura de cuentas.

Las cifras corresponden al Reporte de Inclusión Financiera 2025, elaborado por Banca de las Oportunidades y la Superintendencia Financiera. El documento muestra que el país se acerca a la cobertura universal, impulsada por herramientas como las billeteras digitales, los depósitos de bajo monto y una red de corresponsales que alcanza los 1.104 municipios. Para Jorge Iglesias, CEO de Topaz, el siguiente paso consiste en lograr que esos productos respondan a necesidades recurrentes de las personas.

La distancia entre acceso y actividad se ha reducido: el indicador de uso pasó del 68,4 % en 2020 al 85,5 % en 2025. Aun así, el avance deja pendiente una pregunta sobre la relación de los usuarios con el sistema financiero: qué condiciones hacen que una cuenta se convierta en un medio habitual para recibir ingresos, pagar, transferir dinero y ahorrar.

Una de ellas es la utilidad en operaciones frecuentes. Iglesias señala que abrir una cuenta puede responder a una campaña o a la entrega de un subsidio, pero mantenerla activa depende de que facilite actividades habituales, como recibir el salario, pagar en un comercio, enviar dinero a familiares o cubrir servicios.

Los depósitos de bajo monto reflejan parte de esa expansión. En 2020 llegaban al 45,7 % de los adultos y en 2025 alcanzaron el 76,9 %. Cerca de siete de cada diez transacciones monetarias ya se realizan por internet o aplicaciones móviles, mientras que la llegada de los pagos inmediatos mediante Bre-B refuerza el cambio en los canales de operación.

El ahorro también plantea exigencias distintas según la situación económica de cada usuario. Para trabajadores independientes y propietarios de pequeños negocios, cuyos ingresos pueden variar, un esquema rígido de aportes mensuales no siempre responde a sus posibilidades. La facilidad para separar pequeñas cantidades, pagar servicios en pocos segundos y consultar un saldo claro y confiable puede influir en la frecuencia con que utilizan estos productos.

El comportamiento de los certificados de depósito a término (CDT) ofrece otra referencia sobre la respuesta de los usuarios a los productos financieros. Su participación llegó al 3,6 % de los adultos, con un crecimiento concentrado en mujeres, personas mayores y habitantes de ciudades. El interrogante planteado por Iglesias es si ese tipo de adaptación también puede extenderse a los grupos que todavía no registran avances similares.

El acceso al crédito presenta una brecha más amplia. Entre los usuarios de entidades financieras vigiladas y microfinancieras, el 36,1 % de los adultos tenía al menos un crédito en 2025. El resultado representa apenas un punto porcentual más que en 2024 y se mantiene en niveles similares a los de 2019.

La proporción aumenta al incluir la financiación ofrecida por comercios y empresas de telecomunicaciones: bajo esa medición, alcanza el 51,6 %. La diferencia muestra el peso que han adquirido fuentes de crédito distintas de las entidades financieras tradicionales.

También persisten contrastes territoriales. En las zonas rurales dispersas, la penetración del crédito es del 12 %, frente al 45,7 % registrado en las ciudades. Bogotá alcanza el 61,6 %, mientras que Vichada, Vaupés y Chocó se mantienen por debajo del 11,1 %.

La expansión de la infraestructura física tampoco parece ser la única respuesta. Durante 2025, el número de oficinas disminuyó un 2,7 % y el de cajeros automáticos, un 1,8 %. En contraste, los corresponsales digitales aumentaron un 28 %.

Para Iglesias, una alternativa consiste en utilizar la información que las personas ya generan a través de sus pagos, depósitos y movimientos de dinero para evaluar su capacidad de acceso a financiación. La Superintendencia Financiera publicó orientaciones sobre modelos alternativos de información crediticia, una iniciativa relacionada con ese enfoque. Sin embargo, para que esos registros sirvan en la evaluación de los usuarios, los datos de pagos, ahorro y crédito deben poder integrarse, en lugar de permanecer distribuidos en sistemas que no intercambian información.

“Desde Topaz vemos esta conversación cada vez con más frecuencia en las instituciones con las que trabajamos, desde bancos hasta cooperativas y entidades microfinancieras. El desafío ya no es lanzar un producto aislado, sino construir una relación en la que pagos, ahorro y crédito se alimenten entre sí. Eso exige organizaciones más integradas y ágiles, capaces de usar sus propios datos para entender qué necesita cada persona en cada etapa y de adaptarse con rapidez a ese contexto, sin esperar a que un proyecto de varios trimestres lo permita”, añade escribe Jorge Iglesias, CEO de Topaz.

La discusión también estuvo presente en el Congreso Latinoamericano de Tecnología e Innovación, CLAB 2026, organizado por Asobanca y Felaban el 15 y 16 de octubre en Quito. Allí, durante el panel “Jornadas Digitales de Alto Impacto: Habilitadores Tecnológicos para la Nueva Era Financiera”, Flávio Gaspar, Chief Product Officer de Topaz, y Marcial del Pozo, Head of Business & Operations Latam de la compañía, lideraron una conversación con invitados del sector bancario regional.

El encuentro abordó las diferencias entre modelos de negocio y niveles de madurez digital, así como las capacidades tecnológicas y organizacionales necesarias para desarrollar experiencias financieras más integradas, ágiles y pertinentes para los clientes. La discusión situó el desafío colombiano dentro de una problemática compartida por otros mercados latinoamericanos, aunque cada país tenga indicadores y brechas particulares.

Un ejemplo permite ilustrar el cambio que se busca: una persona que administra una tienda de barrio abre una cuenta de bajo monto desde su celular. Si después puede utilizarla para recibir pagos, reservar dinero para comprar inventario y solicitar un microcrédito evaluado a partir de su historial, el producto habrá ampliado su función más allá del acceso inicial.

“Si sigue siendo una cuenta con un saldo pequeño que se visita de vez en cuando, habremos contado a una persona más y cambiado poco en su vida. Casi todos los adultos colombianos ya tienen una cuenta bancaria. La pregunta que hoy importa es qué necesita una persona para usarla cada semana, ahorrar con ella y, con el tiempo, llegar a un crédito que de verdad le sirva”, concluyó Jorge Iglesias, CEO de Topaz.

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