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El reto tecnológico de la nueva década: la información afectiva

La informática afectiva no solo ofrece un compromiso de producto altamente personalizado, sino que también puede mejorar el estado de bienestar de los consumidores.


Cada vez se ha disipado más el temor de cómo afecta la IA (Inteligencia Artificial) a la humanidad, al reemplazar los trabajos y controlar el entorno. La industria digital ha tomado un camino más humanizado y personalizado, trabajando en el uso apropiado y confiable de datos personales entregados directamente por los usuarios.

Sin embargo, los retos de hacer más humanos a los servicios que utilizan los usuarios conectados y ofrecerles seguridad en la red son latentes. Un claro ejemplo de esta tendencia es READ, una aplicación que utiliza este tipo de tecnología para promover la conducción adaptativa, monitoreando la emoción del usuario en tiempo real. Esto ha permitido prevenir cerca del 94% de los accidentes graves causados por errores humanos, afirmó el Departamento de Transporte de Estados Unidos.

La efectividad de la informática afectiva radica en que logra mayor interacción y mejor respuesta a las emociones, compensando las necesidades humanas y facilitando la adaptabilidad del usuario en su entorno. La tecnología y la humanidad están cada vez en más sintonía a través de este tipo de informática, que se basa en la detección de emociones, llegando a percibir nuestro estado de ánimo para crear servicios ágiles que se adapten a las necesidades de los usuarios.

Sin embargo, este encuentro afectivo y de confianza entre tecnología y humanidad no es posible sin una forma consensuada de recopilación de datos. Es importante tener claro de qué manera las empresas obtienen la información, enfrentándose a una gran cantidad de datos personales y las complejidades éticas de su obtención. Además, deben asegurarse de que su uso sea encaminado a un mundo más seguro y mejor entendido.

A pesar de que la Inteligencia Artificial y el procesamiento de datos sea una labor de gran escala, es vital el toque humano y, para lograrlo, se generan tecnologías con información supervisada por los mismos humanos para brindar respuestas más sensibles que fomenten una mejor solución. Un claro ejemplo de estos avances es el MindSight de Isobar, un producto patentado de neurociencia aplicada que ha sido desarrollado para descubrir las emociones que permiten decodificar respuestas humanas complejas y generar ideas procesables.

“MindSight apunta al porqué detrás de las elecciones que hacemos. Es lo que impulsa a los consumidores a probar un nuevo producto, elegir una marca sobre otra o seguir viendo un anuncio. Incluso se ha desarrollado una versión de la tecnología de punta para contenido entregado en experiencias de realidad virtual, aumentada y mixta. Nosotros en Isobar Colombia contamos con un laboratorio con tecnologías de seguimiento ocular, visualización de interacciones móviles, EEG para experimentar con datos del cerebro, y tecnologías de reconocimiento facial para detectar emociones de las personas”, explica Juan Camilo Suárez, Co-CEO de Chef, An Isobar Company en Colombia.

La informática afectiva no solo ofrece un compromiso de producto altamente personalizado, sino que también puede mejorar el estado de bienestar de los consumidores. Por ello en los últimos años, el sueño se ha convertido en un tema destacado dentro de las narrativas de bienestar.

Aunque las marcas reciben un gran beneficio a través de la facilidad tecnológica de obtener información, los consumidores también lo hacen por el servicio o la experiencia que reciben, creando así una relación de ayuda mutua.

Es que este tipo de tecnología podría llegar a usar las emociones para mejorar el bienestar común teniendo en cuenta el entorno en el que un usuario se encuentre y ayuda a que exista una sincronización con el reloj biológico de cada persona, identificando los periodos de luz y oscuridad y ajustándose al beneficio propio.

Finalmente, al contar con datos más efectivos las empresas pueden tener un factor creativo más orientado a la personalidad y no a las estadísticas.

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Katherine Garzón

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